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Haz en casa la camiseta de moda

We should all be feminists camiseta DIY

A pesar de lo que pueda parecer, este post no va de moda ni de manualidades, sino de mensajes y reflexiones.

La frase We should all be feminists (Todos deberíamos ser feministas) la tenemos que atribuir a la charla TEDx que dio la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie en 2013 (y que posteriormente recogió en un ensayo publicado en 2014), aunque haya sido popularizada gracias a la camiseta que diseñó Maria Grazia Chiuri en su debut como directora creativa de Dior el pasado septiembre y que desde entonces hemos visto lucir a numerosas celebridades.

En vísperas del Día Internacional de la Mujer, me gustaría transcribir algunos fragmentos de la charla, que a pesar de su aparente sencillez, encierran una gran complejidad e invitan a una profunda reflexión:

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No siempre puedo, Rosie

Poster We can do it personalizadoHay días en los que me siento muy cansada y no me apetece ni levantarme ni levantar el puño para reivindicar.

La celebración del Día Internacional de la Mujer despierta en mí sentimientos encontrados. Queda mucho por recorrer para llegar a la igualdad de géneros y es una lucha que hay que librar día a día entre todos. Lo sé.

Pero cuando siento la falta de voluntad en los estamentos públicos y en la sociedad en general, cuando informes de vulnerabilidad de Organizaciones No Gubernamentales nos escupen a la cara que la pobreza se escribe en femenino, cuando la conciliación familiar no nos sale gratis y siempre se paga con nuestras carreras, nuestros sueldos o nuestra maternidad, cuando la aceptación de las diferencias siempre acaba en formas de dominación más o menos sutiles o más o menos brutales, cuando todo esto ocurre –y ocurre a diario- a mí me dan ganas de quitarme el traje de Rosie la remachadora y claudicar.

Muchas veces pienso que esa imagen de mujer que puede (con todo) es muy perversa. No, señores, yo no puedo con todo y hay días, como el de hoy, en los que me siento muy cansada. Discúlpenme que en esta fiesta no salga a bailar.

P.D. ¿Quieres conocer la historia del famoso cartel We can do it?

Mockup de la foto: Freepik

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20 cosas que (aún) no sabes de mí

20 cosas que no sabes de mi

El fin de semana pasado Esti de Bilbao mola me retó en Instagram a contar 20 cosas sobre mí. Debido a mi adicción a los retos instagrameros, no he podido resistirme y he decidido contestarle con este post.

|| UNO ||

Me dan miedo los coches. Por eso, aunque me dé vergüenza admitirlo, no tengo carnet de conducir.

|| DOS ||

Tengo multitud de habilidades que no puedo poner en mi CV, como coger cosas haciendo pinza con los dedos de los pies o tocar la flauta con la nariz. Lo gracioso es que veo cómo mis hijos las están heredando.

|| TRES ||

Durante algún tiempo practiqué la danza del vientre. Lo de mover las caderas se me da bien, pero lo de meter y sacar la tripa me resultaba imposible, principalmente porque no tenía. Ahora, con 2 hijos y una diástasis abdominal, sería Scheherezade.

|| CUATRO ||

Cuando tenía 11 años gané un premio de poesía. Me dieron 10.000 pesetas que, en la época, eran todo un capital. Con ellas me compré un flexo, una bolsa para llevar los libros al colegio e invité a todas mis amigas a pasar un sábado en el Parque de Atracciones de Artxanda (Bilbao).

|| CINCO ||

En el Trivial soy de preguntas rosas y marrones.

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Día del niño hospitalizado

Tarjeta de agradecimiento a un medico

No sé si alguna vez has vivido el trago de tener un hijo hospitalizado. El miedo, que ya empiezas a sentir en el mismo momento que sabes que vas a ser madre, se eleva en estos casos  a una potencia de 20 kilotones.

Yo lo aprendí demasiado pronto.

El embarazo de mi primera hija fue maravilloso. Salvo 20 días de náuseas y de no retener ningún alimento que no fuera manzana o sandwich mixto, el resto fue de película ñoña y almibarada. Nada hacía presagiar que el parto se iba a torcer de aquella manera.

Por una serie de circunstancias, mi hija nació en parada cardiorrespiratoria. Afortunadamente en la clínica donde estábamos ingresadas había una cesárea programada y el quirófano estaba preparado, así que no se perdió mucho tiempo. También por fortuna, la pediatra había alargado su turno más de lo habitual y pudo hacerle a tiempo la maniobra de reanimación que le salvó la vida. Luego vino el traslado en ambulancia al hospital, mi despertar en la URPA sin la niña, una conversación apresurada con mi marido por teléfono aún bajo los efectos de la anestesia y mi aullido de loba herida. Porque el dolor no me hizo llorar ni gritar, me hizo aullar.

La niña se quedó ingresada en la UCI de la Unidad de Neonatos del Hospital de Basurto y yo me quedé en la clínica recuperándome de la intervención sin haber tenido la oportunidad de conocerla. Mi mayor miedo era sin duda no poder llegar a hacerlo.

Mi marido iba y venía de la clínica al hospital con las bolsas isotérmicas con la leche que yo me sacaba y que la niña pudo empezar a tragar por sí misma al segundo día de su ingreso. Todos los días me traía fotos y vídeos de ella. ¡Bendita tecnología! Sólo tenía que borrar mentalmente los cables, tubos y lucecitas para verle la cara a aquel angelito guerrero.

Mi recuperación fue pareja a la de mi hija. Al principio era incapaz de levantarme de la cama, pero cada buena noticia que llegaba del hospital era un pasito más hacia el baño. Hace unos meses contaba Lucía Be que mientras su hijo estaba ingresado, ella y su amore bailaban en su suite de la planta de oncología. Leerlo me arrancó una sonrisa, porque mi amore y yo hacíamos lo mismo. Él me abrazaba, me levantaba de la cama y me llevaba pasito a pasito hasta el baño bailando un vals o un chotis, dependiendo del día. Pero no dejamos de bailar ni de reirnos, sí , has leído bien, de reirnos, porque es verdad que “paso a paso puedes subir al Everest con tus tacones”.

Al Everest con tacones

Al cabo de una semana, en la que los neurólogos descartaron el daño cerebral, conocí a mi hija. Suena raro, ¿verdad? Vivirlo es más raro aún. Porque es anti natural. Recuerdo cómo me latía el corazón cuando me estaba poniendo la bata y desinfectándome las manos antes de entrar en neonatos –como si me estuviera enfrentando a una cita a ciegas que estaba deseando tener pero que al mismo tiempo me impulsaba a salir corriendo- y cómo me quedé paralizada al verla en la incubadora. Menos más que el personal sanitario está bregado en estas lides, porque enseguida me sacaron de mi shock obligándome a cambiarle el pañal y darle el biberón.

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Algunas reflexiones sobre la maternidad

maternidadMañana mi peque cumple un mes. El primer mes de vida de un bebé es duro, para qué nos vamos a engañar. A la recuperación postparto y la revolución hormonal que te hace llorar hasta con los anuncios de la tele, se suman la subida de la leche (madre mía, hasta que no lo vives, no sabes qué es eso), la falta de sueño y los miedos constantes que te llevan a preguntarte si serás capaz de sacar adelante a una criaturita tan frágil que depende de ti para todo. Y esto en el mejor de los escenarios, que es que el niño no tenga cólicos.

Con la segunda maternidad, las inseguridades e incertidumbres de la crianza se disipan. Tienes un máster en pañales, ombligos, baños y sueros fisiológicos. Sabes alternar perfectamente el Apiretal con el Dalsy. Términos como sacaleches, pezoneras, loquios, entuertos y compresas tocológicas ya no te ponen los pelos de punta. Y además has desarrollado una segunda piel impermeable a los comentarios bienintencionados pero siempre inoportunos de madres, suegras, vecinos, tenderos y viandantes con derecho a cuestionar tu capacidad como madre. Con lo cual, el día a día de la crianza resulta menos abrumador.

Sin embargo, en la segunda maternidad tienes algo de lo que no te tuviste que ocupar en la primera: una hija mayor. A mi marido y a mí nos preocupaba cómo iba a recibir nuestra hija de 2 años a su hermano. Durante el embarazo, cada vez que me veía la tripa desnuda, la besaba y le decía: “te quiero mucho”. Pero cuando en la calle le preguntaban por el hermano, pasaba ampliamente del tema e ignoraba completamente a quien se lo preguntara.

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